Para conocer a Jesús...
Queridos amigos:
Esta fue mi predicación de hoy, 14 de enero de 2006,
Vísperas
del Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo Litúrgico B, todavía
pasando unos días de descanso en Bariloche:

1. NADA MEJOR QUE COMPARTIR UN
VIAJE DE VACACIONES PARA CONOCER A
ALGUIEN... Porque viajando se pasan muchos momentos juntos, y todas las
máscaras detrás de las cuales a veces nos escondemos se caen, ya sea
más tarde o más temprano. Se viven muchas horas
juntos, generalmente en espacios reducidos (el auto, el colectivo, la
casa donde nos alojamos, la carpa donde descansamos...
Todas estas situaciones favorecen un conocimiento intenso y más
acelerado que el de la vida habitual durante nuestras ocupaciones
comunes,
se dan muchas oportunidades para compartir las propias intimidades, la
confianza nos va permitiendo desarmar las barreras y meternos un poco
más en ese recinto sagrado en el que descansa y respira lo más propio
de cada uno de nosotros...
La cercanía, el contacto continuo y distendido, la confianza, y,
en las raíces profundas de todo esto, el amor fraterno, nos lleva a
conocernos en profundidad, y a maravillarnos siempre con el hondo
misterio que hay en cada uno de nosotros. Pero esto, que vale para
nosotros los humanos, es también el mejor modo de conocer a Dios. Desde
el momento en que Él decidió compartir nuestra condición humana, el
mejor modo de conocer a Dios es pasar la mayor cantidad de tiempo
posible tomando conciencia de su presencia entre nosotros. Y tenemos
una oportunidad muy especial de hacerlo mientras estamos de
vacaciones...
2. PARA CONOCERLO A JESÚS,
DIOS HECHO HOMBRE, ES NECESARIO VIVIR CON
ÉL... Así, cuando Juan el Bautista indicó a sus discípulos que Jesús
era el Mesías que esperaban, el que traía la salvación que viene de
Dios, y dos de ellos se encontraron con Él, simplemente le preguntaron:
"¿dónde vives?", y siguiendo su invitación, se fueron
a pasar todo el
día con Él.
Estos Apóstoles que conocieron a Jesús inmediatamente llamaron a
otros, como a Pedro, hermano de Andrés, y lo siguieron para siempre.
Pasaron mucho tiempo junto a Jesús, y compartieron muchas cosas, hasta
aquella última Cena juntos, que fue la primera Misa. Y desde ese
momento hasta hoy, siempre será el mismo camino el que lleve a
conocerlo a Jesús: simplemente ir donde Él está, y pasarlo con Él...

Jesús está vivo y presente en su
Palabra, con la que se dirige a
cada uno de nosotros, con un eco y una llamada particular. Jesús está
siempre presente en los Sacramentos, que Él mismo nos ha dejado como
signos eficaces de su presencia salvadora, que de extiende a través de
los siglos. Jesús está especialmente presente en la Eucaristía, por la
que vuelve a ofrecerse en cada Misa como en aquella última Cena, en la
que anticipó a los Apóstoles lo que después sería su entrega plena en
la Cruz. Y todo esto es posible, porque Jesús vive, ha resucitado, y es
posible, entonces, estar con Él...
Juan Pablo II, el
16
de octubre de 2002, proclamando un año del Rosario que se extendió
hasta octubre de 2003, nos regaló 5 nuevos misterios al
Rosario, llamados Misterios de la Luz.
Ellos nos ponen ante 5 momentos culminantes en los que Jesús se
manifiesta con toda su capacidad de poner luz en nuestra vida: El
momento del Bautismo en el Jordán (Marcos 1, 9-11), las bodas de Caná
(Juan 2, 1-10), el anuncio del Reino y el llamado a la conversión
(Marcos 1, 14-17), la Transfiguración (Lucas 9, 28-36) y la institución
de la Eucaristía (Mateo 26, 26-29). El Papa nos invitó a que rezáramos
el Rosario los jueves, meditando en estos misterios, que ponen ante
nuestros ojos y nuestro corazón la Luz que nos trae Jesús (y los demás
días de la semana, con los misterios ya desde hace tiempo conocidos:
los lunes y sábados con los misterios gozosos, los martes y viernes con
los misterios dolorosos y los domingos y miércoles con los misterios
gloriosos). En realidad, lo que hizo Juan Pablo II con su propuesta fue
invitarnos a que todos los
días pasemos un rato con Jesús. El sabía que sólo así es posible
conocerlo, y sabía por su propia experiencia que sólo el trato
frecuente con Jesús nos hace
escuchar esa voz única e irrepetible con la que se dirige a cada uno de
nosotros...
3. PARA SEGUIR A JESÚS, HAY QUE
OÍR LA PALABRA PERSONAL CON LA QUE NOS
LLAMA A CADA UNO... Puede ser que alguna vez hayamos pensado que la
vocación es una cosa muy especial, que le pasa solamente a algunas
personas, en ocasiones muy especiales. Y sin embargo, es alguno mucho
más simple y corriente...
A todos y a cada uno de nosotros Jesús está llamándonos cada día, desde
el
primer momento, con una palabra personal, que constituye nuestra
vocación. Todo lo que Dios espera de nosotros cada día, como respuesta
los dones
que generosamente ha puesto y pone cada día en nuestras manos, va
conformando
nuestra vocación, ese llamado único e irrepetible que Dios nos hace a
cada uno de nosotros...
Para poder vivir
nuestra vida como una continua respuesta al llamado de Dios que
constituye nuestra vocación, cualquiera sea (casado, soltero o
consagrado,
profesional, empleado o desocupado, artista, escritor, cocinero o
albañil), es
necesario oír su Palabra, que se manifiesta a través de las múltiples
maneras con las que se hace presente en nuestra vida. Jesús no deja de
hablarnos, pero para oírlo es necesario estar atentos. En primer lugar,
por nuestra oración, pero además, impulsados y ayudados por la oración,
podemos estar atentos a todas las maneras con la que Jesús nos hace
comprender su llamado. En realidad, para oírlo a Jesús, simplemente
basta estar con Él, vivir en Su presencia, como hicieron los
discípulos...
Lecturas bíblicas del
Domingo II del Tiempo Ordinario del Ciclo B:
- Samuel estaba acostado en el Templo del Señor, donde se
encontraba el Arca de Dios. El Señor llamó a Samuel, y él respondió:
«Aquí estoy». Samuel fue corriendo adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí
estoy, porque me has llamado». Pero Elí le dijo: «Yo no te llamé;
vuelve a acostarte». Y él se fue a acostar. El Señor llamó a Samuel una
vez más. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí estoy,
porque me has llamado». Elí le respondió: «Yo no te llamé, hijo mío;
vuelve a acostarte». Samuel aún no conocía al Señor, y la palabra del
Señor todavía no le había sido revelada. El Señor llamó a Samuel por
tercera vez. El se levantó, fue adonde estaba Elí y le dijo: «Aquí
estoy, porque me has llamado». Entonces Elí comprendió que era el Señor
el que llamaba al joven, y dijo a Samuel: «Ve a acostarte, y si alguien
te llama, tú dirás: Habla, Señor, porque tu servidor escucha». Y Samuel
fue a acostarse en su sitio. Entonces vino el Señor, se detuvo, y llamó
como las otras veces: «¡Samuel, Samuel!». El respondió: «Habla, porque
tu servidor escucha». Samuel creció; el Señor estaba con él, y no dejó
que cayera por tierra ninguna de sus palabras (1 Samuel 3, 3b-10 y 19).
- Hermanos: El cuerpo no es para la fornicación, sino para el
Señor, y el Señor es para el cuerpo.Y Dios que resucitó al Señor, nos
resucitará también a nosotros con su poder. ¿No saben acaso que sus
cuerpos son miembros de Cristo? El que se une al Señor se hace un solo
espíritu con él. Eviten la fornicación. Cualquier otro pecado cometido
por el hombre es exterior a su cuerpo, pero el que fornica peca contra
su propio cuerpo. ¿O no saben que sus cuerpos son templo del espíritu
Santo, que habita en ustedes y que han recibido de Dios? Por lo tanto,
ustedes no se pertenecen, sino que han sido comprados, ¡y a qué precio!
Glorifiquen entonces a Dios en sus cuerpos (1 Corintios 6, 13c-15a y
17-20).
- Estaba Juan Bautista con dos de sus discípulos y, mirando a Jesús
que pasaba, dijo: «Este es el Cordero de Dios». Los dos discípulos, al
oírlo hablar así, siguieron a Jesús. El se dio vuelta y, viendo que lo
seguían, les preguntó: «¿Qué quieren?». Ellos le respondieron: «Rabbí
-que traducido significa Maestro- ¿dónde vives?».
«Vengan y lo verán», les dijo. Fueron, vieron dónde vivía y se quedaron
con él ese día. Era alrededor de las cuatro de la tarde. Uno de los dos
que oyeron las palabras de Juan y siguieron a Jesús era Andrés, el
hermano de Simón Pedro. Al primero que encontró fue a su propio hermano
Simón, y le dijo «Hemos encontrado al Mesías», que traducido significa
Cristo. Entonces lo llevó a donde estaba Jesús. Jesús lo miró y le
dijo: «Tú eres Simón, el hijo de Juan: tú te llamarás Cefas», que
traducido significa Pedro (Juan 1, 35-42). <==
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Predicaciones del P. Alejandro W. Bunge: