Esta fue mi predicación de hoy, 16 de julio de 2006,
Domingo
XV del Ciclo Litúrgico B, en el Hogar
Marín:
1. A VECES TENEMOS POR
DELANTE TAREAS QUE PARECEN IMPOSIBLES...Pensemos, por ejemplo, la
situación que se nos presenta hoy como país por el conflicto con
Uruguay, a raíz de la instalación de dos fábricas de pasta de papel en
Fray Bentos, en las orillas del río que nos une con nuestro país
hermano. La Corte Internacional de la Haya ha dicho que no a la
pretensión de nuestro Gobierno de que se declare una medida de no
innovar que impida la construcción de esas fábricas, ante la
posibilidad de un daño inminente al medio ambiente. ¿Cómo se hará ahora
para llevar las cosas a un diálogo entre las partes, que desde el
primer momento se vio como la manera civilizada de encontrar una
solución al conflicto, y que sin embargo no se tuvo en cuenta
debidamente?. Sin duda, parece una tarea muy difícil...
¿Cómo se
hará hoy para que la familia vuelva a ser un valor incuestionable que,
con sus más y sus menos, todos respeten y custodien, como la célula
básica sobre la que se puede fundar una sociedad sana? Me refiero a la
familia tal como se la puede entender prestando atención a los valores
esenciales que tienen su raíz en nuestra condición humana, y que va más
allá de las vicisitudes de cada tiempo y lugar; a la familia en su
sentido más clásico, que incluye a los padres, los hijos y los abuelos.
Porque hoy se encuentra de tal modo cuestionada por la cultura
contemporánea, que se intenta reemplazarla con sucedáneos de todo tipo,
incluso los más absurdos y contrarios a la naturaleza...
¿Cómo hacer para que en
nuestra cultura cívica vuelva a tener valor el principio de autoridad,
de modo que todos estén dispuestos a obedecer al que manda, y el que
manda lo haga bien? ¿Cómo lograr que la justicia y la caridad vuelvan a
convertirse en las virtudes rectoras de la vida social, de modo que la
política no sea sólo "el arte de lo posible", entendido de la manera
más mezquina, como el arte de realizar todo lo que sirve para alcanzar
el poder con la única finalidad de obtener ventajas personales o
corporativas? Puede ser que todo esto resulte muy difícil, e incluso a
veces puede pesar sobre nosotros de tal manera que aparezca como una
tarea que supera nuestras fuerzas y de tal modo nos abate que no nos
deja ánimo ni para empezar a intentarlo...
De todos modos, todas estas cosas, aunque parezcan imposibles,
realmente no lo son. Todo esto que aparece como tarea necesaria y al
mismo tiempo imposible, en realidad se puede hacer. Simplemente hará
falta, para llevarlas adelante, impregnar todas las realidades humanas
que nos rodean, nuestra cultura y nuestra vida cotidiana, la personal,
la familiar y la social, con la Buena Noticia que Jesús nos ha
anunciado, el Evangelio. Pero además, realizarlo es, con toda claridad,
nuestra misión, que hoy Jesús nos recuerda...
2. LA
FE NOS HACE TESTIGOS ANTE TODOS LOS HOMBRES DE AQUÉL EN QUIEN
CREEMOS... De la misma manera que a los Apóstoles, la fe en Aquel en
quien creemos hace que nuestra vida sea una misión. Como ellos, también
nosotros somos enviados para ser testigos de nuestra fe ante todos los
hombres de nuestros tiempo...
Los Apóstoles fueron enviados de dos en dos, porque
para que fuera creíble un testimonio en el tiempo y en la cultura de
los Apóstoles, era un requisito jurídico que fueran al menos dos los
testigos coincidentes. Hoy podemos decir que, en nuestra cultura, un
testigo se hace creíble si demuestra con su vida que realmente cree en
lo que dice con la boca. Como decía Pablo VI: "
El hombre contemporáneo escucha más a
gusto a los que dan testimonio que a los que enseñan, o si escuchan a
los que enseñan, es porque dan
testimonio" (Discurso a los miembros del Consejo para los
Laicos, 2 de octubre de 1974, citado por él mismo en su
Exhortación
Apostólica Evangelii nuntiandi, n. 41). Por lo tanto, hoy
somos enviados por Jesús a dar testimonio con nuestra vida, de aquello
que creemos, porque sólo de esta manera seremos verdaderamente creíbles
por lo que decimos...
Vale la pena
preguntarse por las salas o escritorios que utilizan las personas que
toman las decisiones más importantes de nuestro tiempo. Están
generalmente muy bien provistas, con todos los medios de comunicación y
todas las comodidades que sirven para la función a la que se destinan.
Pero puede ser también que estén desprovistas de signos de aquello en
lo que creen los que las utilizan. Eso, de todos modos, no es lo más
grave. Porque si faltan los signos religiosos, pero en esos ámbitos
reina el Evangelio en el corazón de los que los ocupan, no cabe duda
que las decisiones que allí se tomen harán presente a Jesús y su
Palabra en la vida y en la cultura de nuestro tiempo...
Por otra
parte, muchas veces los que asumen funciones de gobierno en nuestros
países lo hacen prestando juramento ante un Cruz y con su mano sobre
los Evangelios poniendo a Dios por testigo, y diciendo que si no
cumplen lo que juran, que Dios y la patria se los demande (la patria,
al menos argentina, no suele demandar a nadie seriamente en los últimos
tiempos, pero Dios ciertamente no deja y no dejará de hacerlo). A
propósito he quitado todas las caras en la foto que presento, para que
nadie piense que ataco a alguno en especial y dejo a otros en el
silencio. En realidad, no es la imagen ante la cual se jura, ni
siquiera la imagen que pueda ponerse a la vista de los ocasionales
visitantes en los despachos oficiales, lo que nos importa, sino que
quienes asuman funciones de servicio a los ciudadanos realizan lo que
les toca guiados por la luz del Evangelio...
San Pablo nos recuerda y nos resume
hoy con toda claridad aquello que creemos: Dios, nuestro Padre, nos ha
bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales, nos los
ha preparado en el Cielo. Nos ha elegido, antes de la creación del
mundo, para que fuéramos santos e irreprochables en su presencia, por
el amor. Nos ha hecho herederos de su gloria, y por eso nos ha llamado
a vivir con nuestra esperanza puesta en Jesús. Es posible, de todos
modos, que para ser testigos de todo esto necesitemos más fuerza que la
que tenemos. Por eso, junto con la misión, Jesús nos deja, igual que a
los Apóstoles, precisas instrucciones...
3. COMO
TESTIGOS DE DIOS, CONTAMOS CON NUESTRA POBREZA Y SU FORTALEZA... Nada
de llevar pan, o dinero, o provisiones, le dice Jesús a los Apóstoles.
Sólo un bastón, porque hay que apoyarse y sostenerse en la marcha, como
se hace en la vida; un par de sandalias, porque a veces es áspero y
pedregoso el camino; y una túnica que abrigue y proteja, como también
lo hacen las virtudes. Pero no dos de cada una de estas cosas. Porque a
ellos, como también a nosotros, nos basta con nuestra pobreza, cuando
tenemos la fortaleza de Dios...
Pensemos en la Beata
Juana Jugan, que empezó, en 1839, a fundar los Hogares de Ancianos, y
después las Hermanitas de los Pobres, que los atienden. No tenía ni
pan, ni dinero ni provisiones. Todo esto lo mendigaba en cada lugar
donde lo necesitaba para atender a los Ancianos. Y así siguen
manteniendo hoy las Hermanitas de los Pobres los cerca de 300 Hogares
que atienden esparcidos por todo el mundo. Así lo están haciendo en
este momento cuando comienzan con la primera fundación en Perú, en la
ciudad de Tacna, al sur, cerca del límite con Chile y con Bolivia.
Comienzan en una pequeña casa (ver la foto de la izquierda), y se
confían en la providencia de Dios, que las irá ayudando para llevar
adelante la tarea paso a paso...
Ellas cuentan con su
pobreza, y se apoyan en la fortaleza de Dios. La presencia de Jesús en
la Eucaristía, la firmeza de su oración cotidiana, su confianza en la
providencia, es suficiente para que den un testimonio creíble de la fe
que las anima. De esta manera es como siempre han conseguido, y siguen
haciéndolo, reunir las voluntades de los bienhechores para llevar
adelante su obra de servicio recibiendo con la mayor hospitalidad a
Jesús presente en los ancianos pobres que viven en sus Hogares. De esta
manera también en el Hogar de Tacna, en el que comienzan a recibir los
primeros ancianos, será, Dios mediante, en poco tiempo, una casa
acogedora para muchos ancianos que experimentarán en carne propia el
bien que se puede realizar cuando vivimos a fondo y con compromiso el
Evangelio, anunciándolo no sólo con palabras, sin también con hechos...
Para la misión de testigos que todos tenemos por delante, no tenemos y
no necesitamos ni el poder ni la eficacia que pueden dar las potencias
de este mundo. Nosotros tenemos la eficacia que proviene de la Palabra
y la Presencia de Jesús, y es eso lo que nos hace sus testigos en todos
los lugares donde nos movemos y existimos, capaces no sólo de sostener,
sino de transformar el mundo...